Leyenda: El muerto de El Tingo

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Girando un tanto el tono triste del anterior relato, pero sin perder su elocuencia, Carlos Chávez me cuenta lo que le pasó en el callejón de El Tingo cuando le salió “el muerto”.

¡Ese maldito muerto casi me mata del susto! me dice a modo de introducción y comienza:

En ese tiempo, yo estaba enamorado de una linda guambra de Trapichillo, esa noche le llevé una serenata con guitarra y esas canciones que salen del corazón, de las que dejan huellas imborrables en el alma de las chicas. De regreso, a eso de las once de la noche venía montado en mi yegua, la noche estaba oscura y empezó a garuar, sentí tanta pena que el animal se quedara sin comer y con el agua empapándolo toda la noche, entonces decidí dejarla a una cuadra más abajo por el callejón de El Tingo, por este sendero había un gran árbol de higuerón, en donde la gente aseguraba que salía el muerto. Con el cuento en mi cabeza, trataba de estar alerta a cualquier movimiento, el callejón estaba un poco oscuro, apenas se veía el camino, de pronto una gran sombra negra, cruzada a lo largo en la misma senda que yo iba a pasar, apenas si se movía, o al menos eso lo creí, ver una mano moviéndose de arriba abajo, parecía que me llamaba:  ven, ven … ¡virgen santísima!   se me encresparon   hasta las mismas orejas del susto. ¡Maldito muerto!  ya me salió, hablé para mis adentros, la yegua empezó a pajarear, caminando   para atrás, para atrás y muy asustada; yo por otro lado, ¡ya me cagaba de miedo!, la cabeza la sentía enorme, como del porte de la Basílica de El Cisne, hasta las orejas parecían que habían aumentado de tamaño. Entonces recordé las palabras de mi padre: ´´nunca corras sin antes acercarte a ver qué realmente es, y cuando veas un bulto negro o blanco no hay que volverse:  en primer lugar, hay que persignarse, crear valor y darse ánimos porque casi siempre es falso lo que te imaginas´´.  Mi padre David Chávez era comerciante, quizá por esta razón tenía otra visión de la vida a diferencia de los nativos de El Salado que andaban casi todos descalzos, sin embargo, mi padre ya nos calzaba con alpargatas que nos traía de sus viajes. Desde Catamayo llevaba al Perú toda especie de granos y regresa con telas y otras novedades.  Mi viejo era valiente, experiencia en esos interminables   viajes de negocie al Perú lo hicieron fuerte. Entonces, ¿Qué pasó y qué hiciste hombre?  pregunto llena de curiosidad para que retome el hilo del relato.

Seguí el sabio consejo de mi padre, después persignarme   y encomendarme a todos los santos habidos y por haber, me acerqué lentamente   y poco, poco me iba dando ánimos, sin soltar mi yegua por si tenía que salir soplado, ¡y qué sorpresa me encontré el muerto no era más que un caballo negro agonizante que estaba tendido en el piso. Por supuesto que al concluir el relato con este final inesperado fue inevitable que compartiéramos ambos una tremenda risotada.

Fuente: Libro Sombras del Salado / Judith Ruiz, 2015