Leyenda: La negra Elena

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Cuando el día evolucionó en crepúsculo, teñido de arreboles en proceso de extinción, adormecido quedó el calor de este sofocante día, vagando sobre la espalda del inquieto viento. Allá lejos, en la corona de los cerros del valle, se pierde de vista la bandada de garzas y pericos migratorios, en busca de sus nidos se desplazan por el claro firmamento alegrando paisaje atardecido. Se respira un aire de fiesta por toda la estancia de Elena Méndez, gran movimiento desde tempranas horas de la mañana, ella da el último vistazo a las grandes ollas de seco de chivo que, Agucha, la cocinera, termina de aderezar. Las canastas rebozando de tamales y sambates *(humas) ya están cerradas con blancos manteles de tela y amarrados con delgadas sogas de cabuyas.

Telmo, un arrimado más como la mayoría en el valle, ensilla el caballo blanco, los aperos de jerga acomoda con gran cuidado, luego pone la corola de cuero, la elegante silla sujeta con la cincha, pasando la por el contorno de la panza del animal, por último, coloca el fino freno de delicados bordes. Estás elegante como tu dueña Le dice Telmo al oído del animal, mientras palmea el pescuezo al caballo, este, sacude la cabeza moviendo con gracia los largos crines, dando la impresión que está totalmente de acuerdo.

A las tres de la madrugada del día treinta y uno de mayo de mil novecientos veinte, todo el equipaje está listo para la peregrinación de los afrodescendientes de El Salado a la ciudad de Loja; los celebrantes con ese espíritu de fiesta a flor de piel, muy característico en ellos, se disponen a partir; veinte burros cargados con la “providencia” como llaman  a los productos que siembran para el consumo diario, como yucas, guineos, camotes y todo lo que el fértil suelo produce y la abundante carne de chivo ya aderezada, plato preferido de ellos. Elena Méndez arrienda a don José María Eguiguren una pequeñísima   parte de la inmensa hacienda El Salado en el valle de Catamayo de la provincia de Loja; son más o menos unas 10 a 12 hectáreas de terreno en donde, Elena, tiene invernas para sus vacunos y caballos, el sitio llamado Uña de Gato que ella, mujer visionaria y de trabajo, lo transforma en un centro agrícola. Así logra agrandar su hacienda con las tierras que recibió como herencia de su padre. Se dedica también y con gran éxito al comercio con el vecino país del Perú, desde aquí lleva todo tipo de granos de la sierra y también del valle los productos que ella cultiva. Del Perú trae telas y muchas novedades más como los polvos de colores, utilizados en el juego de los carnavales.

En la loma del Pucará, cerca del río Catamayo o río Grande como todos lo llaman, se levanta al sol su casona, las noches de luna llena preferidas   de Elena, dejan al descubierto   un mirador impresionante, desde aquí se ve de cerca la constelación   de los astros y todo el valle, circundado de elevaciones, tiene el prodigio de alborotar el espíritu Y.  elevarlo a una

contemplación mística, casi divina. Su vivienda está considerada entre las mejores casas del lugar; desde aquí parte la recua de Elena Méndez, junto al personal de su entera confianza y de los fervientes devotos de la VIRGEN MORENA. Elena, es una mujer afrodescendiente y extraordinaria persona en toda la expresión de la palabra; la esbeltez de su cuerpo, de más o menos 1,80 cm. Con unos cuantos kilos de más, inspiran respeto; sus ojos verdes, son dueños de un mirar profundo, que por ser claros se diferencian de las otras mujeres de su misma raza; se cree que fue hija de un descendiente español. Sus labios rojos tienen la seducción de un encanto, cuando ríe, dejan al descubierto una dentadura blanquísima, parecía más bien de porcelana, que llama mucho la atención; de vez en cuando acostumbra ir al río a fregar sus dientes con arena fina, «ese es el secreto para conservar su blanquísima dentadura», cuenta Agucha. Elena tiene el apoyo incondicional de su único hermano Roberto Méndez, llamado taita Roberto, él inspira mucho respeto y si sorprende a alguien cometiendo alguna falta, le da sus latigazos con el lazo de cuero trenzado que siempre lleva cruzado desde el cuello a la cintura.

-Buenos días taita Roberto, -Telmo saluda mientras ingresa a la cocina.

– Buenos días Ley de Dios Elena, -también saluda a su patrona con ese estilo tan característico de ellos, los afrodescendientes.

-Buenos días Ley de Dios -contesta ella con esa voz fuerte e inconfundible.

 -Patrona, todo listo pa’ salir, -informa   Telmo que trabaja con ella una semana al mes, pagando su derecho a la parcela de terreno para su huerta, donde cultiva productos para la sobrevivencia de su familia.

-A vos te encargo todas las bestias que van con los alimentos -ordena Elena.

– Espera, pon más asunto a las ollas de seco de chivo y fritada de chancho, esas son de barro y puede que se quiebren, recomienda un tanto preocupada, mientras fuma un habano, vicio que no ha podido dejar.

 Si mi patrona, no se me preocupe tanto que todo está bien amarrao, hasta las perras de aguardiente ya están listas pa la fiesta.

Elena, montó con gran elegancia el caballo blanco recién aperado, su vestido pulcro, muy blanco, confeccionado en tela de algodón, anchísimo, por cierto, cubrió toda el anca del animal; la chalina, también blanca que lleva sobre sus hombros, es de paño guadalupano, de finos acabados es el traje; todas las prendas de vestir que ella usa son blancas, color que la identifica.

Lleva grandes aretes de oro puro como siempre y un brazalete   de esterlinas, regalo de un admirador, que la amó con locura, de eso hace mucho tiempo atrás.

La negra Elena, así la llaman los lugareños con cariño; una mujer fina y adinerada, querida y respetada de todos por su gran generosidad   y don de buena gente; cuando alguien asoma por el camino lo llama y le dice así:

 ­Oye Juan, estás rucio del hambre, ¡iAgucha! Dale de comé también a este cristiano, ­le ordena a la cocinera; ningún transeúnte, sea este conocido o forastero, se va de su casa sin alimentarse.

Ella, a pesar que de vez en cuando tiene sus amoríos, como su amante Delfín, no tiene ningún hijo.

Emprendieron   el viaje por la quebrada de El Salado, encabezados   por Doña Elena Méndez, una mujer líder que organiza cada año a las mujeres de su raza para la romería, el numeroso   grupo va a celebrar la fiesta a la Virgen Negra, en el barrio El Pedestal de la ciudad de Loja.

La madrugada    del 31 de mayo, hermoseada    de luna llena    con su luz clarísima y un infinito reguero de estrellas que cubre toda la corona del valle, dejan al descubierto   un espectáculo   sin igual; al sur sobresale, con su claro titilar un gran lucero encendido, al oeste del firmamento   se aprecia claramente la cruz de mayo, formada por cuatro estrellas, que lentamente   y durante este último mes ha tomado posición vertical. Seguramente, de ahí nace la idea de celebrar la Fiesta de la Cruz en el mes de mayo.

La naturaleza   viva por doquier, envuelta toda, en la más grande pureza del aire y el cielo azul bordado de estrellas, alegra el espíritu de los fiesteros, la fría madrugada de claro firmamento, hace más fácil desplazarse por el camino mular. Mientras suben la pendiente de la cadena de elevaciones andinas, los sorprendió el radiar del día en la oquedad silente y en el frío amanecer

Caminando en medio de la suave neblina, que cubre la verde vegetación, empapada del rocío mañanero. Infalible aurora matutina ha despertado la vida lentamente, ¡que variedad tan impresionante de avecillas! Con sus dulcísimos trinos, sinfonía al natural de inquietas criaturas escapándose de entre el follaje de los árboles, alegrando el nuevo día y las flores por doquier cuajadas de rocío dan un colorido especial a este hermoso paisaje de la serranía ecuatoriana

Al mediodía, a eso de la una de la tarde, llegan a la quebrada Las Pavas a 1 kilómetro de la ciudad castellana. La banda de músicos compuesta por trompetas, redoblantes (tambores), una caja y un par de platillos, entonando canciones muy alegres, los esperaban junto a los priostes de la fiesta de la Virgen Negra. Apostados a la rivera de esta quebrada, toman un pequeño descanso, mientras todos almuerzan.

En medio de una romería jubilosa, encabezados por la banda de músicos, llevan a Elena Méndez, cual si fuera una “diosa” de la mitología griega; montada en su caballo blanco y vestida de blanco entero como acostumbra siempre, el oro de sus finas joyas destellan con los rayos del sol, que por momentos le llegan de frente resaltando su elegancia; así en medio de vivas descienden por las faldas del cerro Villonaco, todos cantando y gritando hasta llegar al barrio El Pedestal  en donde  se encuentra  la venerada  imagen  de la Virgen de la Inmaculada,   tallada  en bronce  negro.

La aclamada mujer llega con la comida para todos los devotos de la Virgen, como lo hace todos los años. Con ocho días de anticipación las campanas de la iglesia ya repicaban, anunciando   las festividades   de la Madre Inmaculada   La Virgen Negra. Aprovechando esta   fiesta   religiosa, Agucha, la cocinera de Elena, lleva a su hijo de ocho años para bautizarlo; nombra padrinos a Elena y a su hermano Juliano que trabaja en la hacienda de El Salado. Ya en la misa, el padrino, con mucha reverencia intenta comprender las frases en latín que el sacerdote decía de espaldas al público en el momento mismo de la consagración. Juliano, el padrino, interpreta a su manera y lo repite con mucha reverencia en voz alta.

-Ya lo suben ya lo bajan al Señor Sacrameniao, ya lo suben ya lo bajan al Señor del soberao.

En el momento del bautizo el sacerdote ordena que el padrino tome en brazos al niño, durante toda la ceremonia y de pie con el negrito marcado. Juliano se siente incómodo, cansado. ¡muchacho pa pesao! Ya me tiene sofocao.

­ Mejor te callas negrito, porque taita curita se puede enojar, ­Le aconseja Elena bajando la voz, mientras los padres del pequeño se tapan la boca para reírse con cierta picardía, produciendo algún murmullo, cosa que llamó la atención del sacerdote y haciendo una pausa en tan solemne ceremonia, les clava una mirada electrizante, de enojo.

Después de celebrar la Santa Eucaristía en honor a la Santísima Virgen y darle una serenata con la banda de músicos, en medio de una ráfaga de cohetes y juegos pirotécnicos, los priostes empiezan a repartir el guarapo fermentado, otros, aguardiente   de punta; luego empieza el tan esperado baile. Don Antonio Arias, presidente   de los priostes de la fiesta, con reverencia   hace la venia a Elena y con la mano derecha le indica que la pista es toda suya. Ella, con ese espíritu alegre que le caracteriza, em­pieza a chasquear los dedos con los brazos alzados y meneando su cuerpo con gran elegancia y donaire, se desplaza bailando hasta el centro de la pista; lo mismo hace Antonio, los dos son excelentes bailarines. Todos se ponen de pie y con un copioso aplauso, festejan el inicio de la parranda, los concurrentes forman un gran círculo, al que poco a poco van entrando otras parejas de baile, así se prendió a todo ritmo la fiesta, en medio de un griterío ensordecedor.   Elena danza a la perfección la marinera, la aprendió en el Perú, en esos tantos viajes de negocios que hace; desde ahí trae o envía a un emisario que le traiga telas, vestidos, joyas finas (adornos) como los aretes que tanto gustan a las mujeres afrodescendientes del lugar. Sigue la farra y la alegría es desbordante, las mujeres afrodescendientes de El Salado con sus largos vestidos anchos y coloridos, acompañados    con una pañoleta   de colores llamativos   danzan llevando sobre su cabeza una rosca alaborada   de chante y sin sujetar con las manos, sobre esta, una canasta o batea de madera llena de frutas, hay mucha habilidad   en llevar objetos sobre la cabeza y danzar a todo ritmo. Con gran equilibrio, mantienen la botella llena de aguardiente o una calabaza llena de guarapo, como si la llevaran pegada sobre la cabeza; este agradable jugo de caña de azúcar producida   en el cálido clima del valle de Catamayo, lo reparten   en cada descanso del baile.

Los hombres   afrodescendientes    de El Salado visten pantalones y camisas blancas con mangas largas, a veces arremangadas y pañuelos rojos en el cuello, llevan sombreros   blancos de paja o esterilla, el machete envainado   sujeto a su cintura, la alforja llena de frutas y sujetada a su brazo, una calabaza llena de aguardiente o guarapo fermentado, que lo reparten en cada descanso del baile al igual que las mujeres.

Elena no pierde su elegancia en el baile, ella, es el alma de la fiesta. Trago, comida y alegría siempre van juntos, es la característica de ellos. Varios meses después, nueve para ser precisos, celebran con una explosión de alegría los esperados carnavales.

Los afrodescendientes de Catamayo, conocieron dos tipos de juegos; los carnavales en el mes de febrero y el juego de la esgrima en la Fiesta de la Cruz, en el mes de mayo. La noche del día sábado se reunieron dos familias, (las más alegres y divertidas), llevan baldes llenos de agua, polvo de colores y algunas calabazas llenas de aguardiente, guarapo fermentado o llenas del canelazo bien caliente para el secante; utilizan una vasija de poto para servirlo.

Todos descalzos empiezan a caminar hasta la cabecera del poblado, al llegar a la primera choza, bajan las voces procurando hacer el menor ruido.

– ¡Hablé   Manuel!   -Al mismo tiempo, en voz baja le dice Julio al amigo a la vez que se preparan para abrir la puerta de un solo empujón; cosa fácil, ya que ninguna puerta conoce seguro, ni tranca alguna, aún existe la honradez, mientras tanto las dos mujeres esperan listas con los baldes de agua para entrar enseguida. La pareja de dueños de casa es sorprendida con los baldes de agua, vaciados sobre su propia cama, luego que se levantan y para abrigarse les dan el secante, una copa de canelazo bien caliente -Ya vamos, dejen de habla tanto -dice Julio.

Escurriéndose la ropa los sacan de su casa, invitándolos a la siguiente vivienda. Así van de casa en casa haciendo lo mismo y agrupando la gente, no paran hasta sacarlos a todos de sus camas. El centro del encuentro, esta vez en la casa grande de Elena Méndez. Ella, se había preparado toda Ia semana para recibirlos; grandes ollas de sancocho con abundante carne de chancho para servirse todos, se pelan chivos, uno tras otro; aquí todos tienen cría de chivos; el más pobre tiene sus veinte chivos en el corral que después de ordeñar las chivas por las mañanas, sueltan al campo abierto a pastar, por la tarde regresan en grupo, nunca separadas. Elena, como buena anfitriona no la iguala nadie, esa madrugada dio de comer a todos, al otro día por igual, había abundancia de comida.              ·

El juego incansable del carnaval lo alternan, con baile, comida, el baño con agua, lodo, polvo de colores, achiote, tizne sacado de las paredes exteriores de las ollas de barro; en los charcos que se forman en el piso, alzan en peso entre dos a las personas y las empapan de lodo hasta las mismas orejas, todos revolcados como chanchos, pero felices.

En la locura del juego del carnaval, todo es válido, con sangre de los animales también se embarran la cara, las frutas maduras, como papayas y pitayas de pulpa color fucsia terminan en el rostro de los que se dejan alcanzar. Agucha había dejado macerar por algunos días papayas, pitayas y yuyus, (el fruto del árbol de overal), con esto hizo una masa homogénea y pestilente, la misma que al descuido les pone su poquito a algún desprevenido.

­ ¿Qué mierda es esto que me ha echao Agucha?

­pregunta Telmo a Delia, su esposa.

-Atatay, qué hediondo que te han dejao negro.

­iNegra maldita!  ¿Adónde escondiste  esa porquería? Telmo entra como loco a la cocina, busca la papaya podrida que apesta a diablos, cuando la encuentra, Agucha fue la primera que alcanzó a coger, fregándole en su rostro todo el contenido, ella, ya con los tragos no pudo defenderse, todos reían a más no poder, algunas mujeres buscaron el río para quitarse el mal olor. Ya borrachos, por lo general terminan peleando con el machete, luego se dan la mano como buenos amigos y si termina cortado uno de ellos, el que lo cortó, lo lleva donde la señora Clorinda (la curandera de El Salado) y tiene que pagar él mismo la curación del herido. Así terminó el desenfrenado juego de carnaval ese día.

Fuente: Libro Sombras del Salado / Judith Ruiz, 2015