Leyenda: Matrimonio Afro

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Ocho días después:

En la mañana del viernes, un grupo numeroso de amigos y familiares se dan cita en la casa de Rosa la novia, hay mucho movimiento tratando de organizar de la mejor forma el desfile hasta San Pedro de la Bendita en donde se oficiará el matrimonio. Los novios visten de blanco entero, el vestido de novia de finos acabados que le trajo del Perú Elena Méndez la madrina de bodas, bien elegante el traje, y ella, la primera vez que lucía un traje así de fino y que entalle su silueta a la perfección; se sentía como una princesa salida de un cuento encantado. El traje con anchos encajes en el filo de la falda acampanada que le cubre los pies; en el pelo lleva una corona de azahares, blancas flores de naranjo que perfuman su cabellera; ella se deja ver radiante y feliz.

Elena pone el orden; la dama adinerada   tiene voz de mando, todos atentos a lo que ordena:

-Los novios van primero, luego yo que soy la madrina, las familias van atrás y, por último, los amigos.

Los novios montaron   en sus caballos, que Elena prestó, llevan la delantera; la madrina   estaba   más radiante   que nunca montada   en su caballo blanco, parecía   ser una novia más con su elegante vestido blanco. Las familias siguieron a Elena con sus trajes sencillos pero muy limpios; por último, salieron los amigos, unos en burros, otros en yeguas o caballos.

Entre vivas y hurras llegan a San Pedro de la Bendita, con ese espíritu rebosante   de alegría.  Con toda la solemnidad   que merita la ocasión, entran a la iglesia. – ¡estás muy linda Rosa! -expresa con admiración

el nervioso novio.

– ¿estoy como la niña Ágreda? -pregunta ella con aire coqueto.

-Ella será una flor, pero tú…. ¡eres mi rosa!

– ¡entonces estoy hermosa! rieron felices.

– Yo no he visto novios más felices que estos, -comenta Elena contenta de compartir la dicha de los jóvenes enamorados. Luego de la ceremonia eclesiástica, regresaron en el mismo orden, los novios delante y luego los demás.

La recepción en casa del novio: empalmaron con grandes hojas de coco un tramo de calle de lado y lado, antes de llegar a la casa. En la puerta construyeron un castillo, alto y ancho, con un carrizo fresco doblado en arco cubierto de flores, en él están colgados todos los regalos para los novios, desde la mitad a la derecha cuelgan los utensilios para la cocina, todo lo que ella va a necesitar para cocinar; el huango con la lana y el huso para hilar, hilo y agujas para remendar sus ropas, también es parte del regalo para la novia. Desde el centro, hacia la izquierda, están las herramientas para la agricultura que él utilizará para labrar la tierra y mantener a su familia.

Impacientes esperan a los novios todo el gentío de la hacienda.

El patio de la vivienda del novio se transformó en un verde y florido huerto artificial. La banda de músicos. Se prepara para recibirlos, el tamborero entusiasmado da el inicio al llegar los novios y sus acompañantes, se van ubicando alrededor del huerto, el novio entra al centro del mismo, montados en los caballos empiezan a destrozar con las patas de los animales todas las plantas de yucas, camotes, cebollas, guineos y lo que está sembrado provisionalmente en él. ¡así se hace Roberto! ­le gritan los presentes.

¡no tienes que esperar que te mantengan! gritan desde atrás otras personas.

¡tú tienes que hacer tu propia huerta! La multitud enardecida corea mientras tanto la banda no deja de sonar, entonando con frenesí una guaracha.

­iHuuuurraaaaaa!

El exaltado entusiasmo llegó al máximo, se había desatado un griterío desbordante. Las mujeres llevan la mano a la boca meneándola con gran rapidez y emitiendo un agudo sonido.

Cuando los ánimos calmaron, se sirve la comida en vasijas de barro, caldo de gallina, una entera para los novios y un cuy para cada uno, a los acompañantes, una buena presa de gallina y medio cuy con papas curtidas, acompañado de chicha de maíz, todo esto con derecho a “repitunga” lo dicen a menudo.

Empieza el baile con la misma euforia bebiendo

los guaros (guarapo fermentado) o aguardiente de punta, hasta más no poder.

Fuente: Libro Sombras del Salado / Judith Ruiz, 2015