Leyenda: Sesión de clases en El Salado

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Existía una primera y única escuelita en la historia de El Salado, allí impartió sus enseñanzas el profesor Palacios, estaba ubicada al filo de la quebrada, en las tierras que hoy son de los herederos del señor Gabriel Valdivieso y cuya estructura dejaba mucho que desear, tenía solo un aula con piso de tierra, las paredes de adobe mal revestidas no habían conocido pintura alguna, la única puerta de madera rústica rechinaba cada vez que la abrían.

Aquí se educaban  alumnos de todos los grados, había  un solo maestro multiplicado entre primero y sexto grado, el profesor Palacios era como una luna en la oscuridad, él de tez blanca sobresalía entre pequeños mulatos de piel acanelada con cabello lacio y muy negro; la mayoría de los niños eran de raza negra, de brillante cutis, cabellos anochecidos y voltizos, las blanquísimas dentaduras  que lucían al reír y el blanco de sus ojos inquietos cual tiernos cervatillos, era lo que resaltaba en ellos. El maestro con la firme convicción “que la letra con sangre entra” era dueño de un genio subyugante; contaba con la aprobación de los padres de familia para castigar a los estudiantes.  La expresión poco cordial de su rostro ya la conocían los pupilos quienes amedrentados   no conseguían el amor al estudio; criaturas   inocentes   que despertaban   al conocimiento.  De la siguiente manera   se desenvolvían   comúnmente las clases en la escuelita:

Disponiendo tomar la lección oral, esta vez decide comenzar el profesor por la multiplicación   del siete, los rostros   de los pequeños   estudiantes   empiezan a palidecer, sus manos tiemblan cuando ordena el profesor: ¡Walter Peña, pase al frente!, ¿supongo que todos saben? Mueven los labios temblorosos, sin sacar la voz, Victoriano Ruiz, Carlos Valdivieso, Hugo Jiménez “el tocho” (apodo en honor a su estatura), contestan a coro: ¡nooo…! moviendo negativamente la cabeza Leonila Córdova y Domitila su hermana menor temerosas, se limitan a observar al profesor Palacios cogidas de las manos; viven en La Vega y son las únicas de tez blanca en el aula.

El primer alumno pasa al frente, los ojos le bailan, siente que el corazón se le quiere salir por la boca, el cuerpo empieza a experimentar una sensación extraña, las tripas se le contraen y quiere ir al campo (a. baño), mira de frente al maestro y el miedo le obliga a bajar la cabeza como si tuviera delante un verdugo amenazándolo, las uñas llegan al filo de la carne a punto de verter la sangre de tanto masticarlas con los dientes. ¿siete por siete? ­pregunta el maestro.

«¿Cómo se me olvidó si en casa sí me sabía? repetía mentalmente el pequeño adolescente. Lleva las manos hacia atrás y calcula con los dedos; no ha terminado y zumba el látigo por el aire enroscándose   en el frágil cuerpo del negrito.

¡ayayay! ­Las huellas   del chicote   marcan   su piel.

¡Negro   vago, ponte a estudiar!   ­le ordena   sentarse.

¡Pase   al frente niño Peña! …

A pesar del resultado que casi siempre era igual, no variaba su metodología, los chicos aprenden, por las buenas o por las malas, pero aprenden, argumentaba el maestro. Si algún alumno contaba en casa lo sucedido respondían los papás: ¡está bien, que les den beta! Era la frase común entre padres de familia. ¡Así se forman los buenos hombres iya mismo te doy otra paliza por bruto!, decían otros.

Fuente: Libro Sombras del Salado / Judith Ruiz, 2015